Si estás leyendo esto, probablemente algo resuena en ti: cansancio que no se quita con dormir, ansiedad por comer, ciclos irregulares, un cuerpo que cambia sin que entiendas por qué. Yo soy la Dra. Lorena Ibáñez, y antes de ser médica especializada en salud hormonal femenina, fui una paciente que normalizó sus síntomas durante años. Esta es mi historia, y quizá también un poco la tuya.
Un diagnóstico a los 13 años que normalicé por mucho tiempo
Fui diagnosticada con síndrome de ovario poliquístico (SOP) desde los 13 años. Pero como no vengo de una familia donde la revisión ginecológica anual fuera costumbre, durante mucho tiempo normalicé todos mis malestares. No sabía que mi cuerpo ya me estaba hablando.
Todo se hizo más evidente en 2016, cuando cursaba mi segundo año de medicina en la Ciudad de México. Tenía acné, ciclos menstruales irregulares, y en la consulta ginecológica, tras un ultrasonido, me confirmaron los famosos "quistecitos". La única opción que me ofrecieron fue la misma que le ofrecen a millones de mujeres: anticonceptivos hormonales.
Las anticonceptivas: una solución que solo tapaba el problema
Me recetaron Diane, un anticonceptivo oral combinado que contiene etinilestradiol (un estrógeno sintético) y acetato de ciproterona (un progestágeno con efecto antiandrogénico). En ese momento, aun estudiando medicina, no tenía el contexto que tengo hoy sobre los anticonceptivos. Era la única opción que me daban, así que las tomé durante un año.
Y aquí quiero detenerme en algo importante que casi nadie nos explica:
El sangrado que tienes con las pastillas no es tu menstruación. Es un sangrado por deprivación hormonal: tomas hormonas durante 21 días, y al suspenderlas o tomar el placebo, ocurre un sangrado. Pero eso no significa que tu ciclo se haya "regulado" ni que tus hormonas estén en equilibrio.
Con el tiempo, mi acné mejoró y los quistes desaparecieron del ultrasonido, así que suspendieron el tratamiento. Pero por dentro, otra historia se estaba escribiendo: cambios de humor drásticos, inestabilidad emocional, ansiedad por comer dulce, cansancio constante y una dependencia creciente del café para funcionar.
Las señales que ignoré (y que quizá tú también estás ignorando)
Mientras seguía con mi vida "normal", mi cuerpo acumulaba señales de alarma:
- Necesitaba comer cada dos horas o me daba "bajón": temblor de manos, sudoración y cansancio. Son síntomas de hipoglucemia reactiva, muy comunes en la resistencia a la insulina.
- Aumentaba grasa con facilidad, sobre todo en abdomen y piernas.
- Cada mañana me costaba más levantarme, y el café pasó de ser un gusto a ser una necesidad.
¿Mi solución? La que me enseñaron en la escuela: come menos, muévete más. Hice déficit calórico y más ejercicio. Al principio funcionó… hasta que me estanqué. ¿Y qué hice? Restringir todavía más. Ese fue mi primer gran error: intentar resolver un problema hormonal con más restricción y más estrés.
El internado médico: cuando llevé mi cuerpo al límite
En enero de 2019, a mis 26 años, comencé el internado médico: guardias de 24 a 36 horas sin descanso, durmiendo 3 horas con suerte, alimentándome de café y galletas. A mi desequilibrio hormonal de años, le sumé el peor escenario posible de estrés crónico y privación de sueño.
A partir del cuarto mes llegó una depresión profunda. No lograba concentrarme ni retener información; tenía que leer todo tres o cuatro veces. Me sentía con una pesadez inmensa en las mañanas, con neblina mental, y ya no era la misma persona con el mismo rendimiento. Me prendí en "modo supervivencia" y seguí adelante en automático.
El momento del espejo
Una madrugada, atendiendo un parto, se me rompió la pijama quirúrgica. Al día siguiente me paré frente al espejo y me quedé en shock: había aumentado grasa en abdomen, piernas y brazos, y me habían salido acrocordones en el cuello, esas pequeñas verruguitas que frecuentemente aparecen cuando hay resistencia a la insulina. Por vivir en modo zombi, ni siquiera me había dado cuenta de cuánto había cambiado mi cuerpo.
Ahí comenzó un duelo conmigo misma. Y en lugar de escuchar a mi cuerpo, hice lo contrario: más déficit calórico sobre un desequilibrio hormonal tremendo. El resultado fue que mi cuerpo se enfermó más.
Cuando la restricción se convirtió en trastorno
Entre el mes 7 y el 12 del internado desarrollé un trastorno de la conducta alimentaria: me obsesioné con contar calorías en una aplicación, no podía salir con mis amigos sin llevar mis toppers, usaba ropa holgada porque no soportaba verme. Y entonces llegaron los ataques de ansiedad: despertar a las 3 de la mañana con taquicardia, manos sudorosas, sintiendo que el corazón se me salía por la boca.
Esa noche entendí que había llevado mi cuerpo al límite, y tomé una decisión difícil: no prepararme para la residencia médica. Elegí no seguir exigiéndole a un cuerpo que ya me estaba gritando.
La noche oscura del alma
Durante mi servicio social llegó la pandemia, y con ella más estrés, más ansiedad, más incertidumbre. Caí en un cuadro de distimia: llegaba a casa, me acostaba a oscuras, veía redes sociales, odiaba mi vida y al mismo tiempo no hacía nada para cambiarla.
Una tarde, la que yo llamo mi noche oscura del alma, después de dos ataques de ansiedad en un solo día, me puse a llorar y le pedí a Dios, al universo, una señal. Ya no podía seguir viviendo así.
Dos semanas después, la señal llegó en forma de libro: Medicina Funcional, del Dr. Cruzam, pionero de la medicina funcional en México. Lo devoré en una semana. Y me enamoré de esta forma de ver la medicina: el ser humano no solo como un ente biológico, sino social, emocional y cultural, en contacto constante con su entorno.
Lo que hice para recuperar mi vida
Me certifiqué en medicina funcional, en SOP, tiroides y salud digestiva, y apliqué todo en mí. En un mes volví a sentirme yo después de años de malestar. Esto fue lo que hice:
1. Sané mi intestino primero. No sabía que estaba inflamada hasta que dejé de estarlo. Muchas vivimos en inflamación crónica y olvidamos cómo se siente vivir sin ella.
2. Identifiqué y eliminé mis alimentos inflamatorios. En mi caso: harinas refinadas, azúcares y gluten. El gluten (proteínas presentes en trigo, centeno y cebada) puede relacionarse con permeabilidad intestinal, inflamación, brotes de acné y neblina mental en personas sensibles. Para mí fue un game changer: la neblina mental se fue y recuperé mi estado de ánimo.
3. Llené mi plato de alimentos antiinflamatorios. Caldo de huesos en ayunas, huevo, pescado, verduras, aguacate, aceite de coco y de oliva, cacao, frutos rojos y especias como la cúrcuma.
4. Cuidé mis minerales y mi vitamina D. Los baños de sol no solo mejoraron mis niveles de vitamina D: me regalaron una sensación de paz que sigo buscando hasta hoy.
Sanar no es lineal (y no tienes que estar bien todo el tiempo)
Quiero ser honesta contigo: desde entonces hasta hoy, mi camino ha tenido altos y bajos. He tenido recaídas, momentos donde no entiendo a mi cuerpo. Pero he aprendido a ser compasiva conmigo, a aceptar mi ciclicidad, a entender que hay factores externos que pueden desencadenar un desequilibrio, y que no tengo que estar "perfecta" todo el tiempo.
Si algo quiero que te lleves de mi historia es esto:
El malestar es una señal de tu cuerpo de que algo no está bien. Pregúntate: ¿estás viviendo en modo supervivencia? ¿Estás llevando tu cuerpo al límite? Solo cuando volteas a ver esas señales puedes empezar a entender y a sanar.
Cuéntame tu historia
Si te sentiste identificada con algo de lo que leíste, escríbeme en los comentarios: ¿cuál es tu malestar? ¿Qué te está diciendo tu cuerpo? Tu experiencia me ayuda a crear más contenido que realmente te sirva.
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Este artículo es informativo y comparte una experiencia personal; no sustituye una consulta médica. Si presentas síntomas como los descritos, acude con un profesional de la salud para una valoración individualizada.